Hace ahora unos treinta y cinco años, la izquierda abertzale optó por el “todo o nada” a sabiendas de que aquella decisión les situaba fuera y frente al camino institucional que emprendía el resto de las opciones políticas.

Su decisión se vio agravada por el hecho de que, dentro de su concepto de la política siempre ha venido incluido lo “militar”; dicho de otra forma, que su pensamiento político ha incluido la legitimación del uso de la violencia para la consecución de sus objetivos.

Ahora, aprovechando la rotonda del Palacio de Aiete, han decidido incorporarse a la vía por la que viene circulando, no sin lógicas diferencias, el resto de la sociedad.

El problema estriba en que pretenden hacerlo sin pagar peaje de ningún tipo. Como si el mero hecho de marcar con el intermitente y acoplarse a la dirección fuera un hecho plausible por sí mismo que borra todo lo anterior.

No se trata de aplicar un precio que impida su incorporación a la vía institucional, pero sí cabe recordar que todo conlleva un coste y el suyo pasa por asumir que, además del sufrimiento causado, muchos de los obstáculos con los que nos encontramos ahora ( reconocimiento de las víctimas, situación de los presos, etc.) son consecuencia directa de las decisiones que han tomado durante todo este tiempo.

Tampoco es de recibo que, allí donde gobiernan, se sigan apreciando viejos “tics”, como el considerarse en posesión de la verdad absoluta, no aceptar las funciones que debe desarrollar la oposición, desprecio por las instituciones en favor de un modelo asambleario, caduco y sectario… Por no hablar de la vuelta al pasquín anónimo o de autoría difusa para descalificar al contrario.

No se debe olvidar que actitudes como esta fueron las que sirvieron de gasolina para mantener en marcha el motor de la violencia.

Me congratulo de la decisión de cambiar de vía y de vehículo, pero para que el cambio sea completo y creíble, no sólo hay que contribuir al buen mantenimiento de la carretera, sino que, además, también hay que cambiar de combustible.

Abierta la veda electoral, Patxi López ha encontrado en el modelo económico vasco un endeble argumento con el que marcar un discurso que le aleje de los sus, hasta ahora, socios preferentes.

Digo lo de endeble, no porque el modelo vasco no haya existido como tal, sino porque Patxi López nunca ha creído en él.

Si es cierto que por sus hechos los conoceréis, las acciones del actual Lehendakari nunca han ido en la defensa del modelo que ahora dice abrazar.

Entre otras cosas, porque la idea de que el modelo ha seguir era el “modelo España” ha marcado gran parte de su mandato.

De hecho, había que dejar de intentar ir por nuestra cuenta y “cobijarnos” bajo el agujereado paraguas del modelo económico español. Eso también formaba parte de lo que llamaban “normalización”.

Este modelo vasco del que ahora quiere convertirse en defensor era el mismo al que antes se refería como una carga. Tan poco interés mostraba López por él que ni siquiera estuvo presente en el blindaje del Concierto Económico, herramienta fundamental del desarrollo de este modelo durante los últimos treinta años.

No sólo eso, sino que hasta los presupuestos heredados les parecían una rémora a pesar de que el Gabinete Ibarretxe ya apuntó cambios de dirección presupuestaria. Cambios de dirección que no eran sino consecuencia de la percepción de que los nubarrones, todavía lejanos, podían traer tras de sí la larga tormenta en la que nos encontramos.

La postura del ejecutivo vasco no cambió en los años siguientes, en los que ya inmersos en la crisis económica, pudiendo hacerlo, nunca utilizaron las herramientas con las que contaban para activar la economía vasca.

El modelo económico vasco, productivo, competitivo y, por lo tanto, susceptible de crecimiento es parte de la herencia que tanto detestó Patxi López cuando llegó a Ajuria Enea. Tres años más tarde, sin medidas concretas, con un aumento del déficit desbocado, con una política económica errática, por no decir inexistente, sólo queda evaluar los daños causados en él y ver cómo recuperar el pulso.

La pasada semana un periodista le preguntaba al Diputado General de Gipuzkoa si iba a quitar la bandera española del palacio foral; la respuesta literal del señor Garitano fue: “¿dónde está? Yo no la he visto”.

El periodista insiste “ustedes fueron muy beligerantes contra quienes la pusieron contra su voluntad” y, siguiendo en la línea de la respuesta anterior, el Diputado General afirma: “le repito, no sé si está”

Para remediar en lo posible las dudas de Martín Garitano, me atrevo a indicarle que sí, que sí que está. Concretamente en el tejado del edificio. Ondeando “todos los días del año…ocupando lugar destacado, visible, de honor y preeminente respecto de las otras”, como expresamente hizo constar la sentencia dictada por la Sala de lo Contencioso Administrativo del Tribunal Supremo.

Y como puede que tampoco la haya visto, le hago saber que en la entrada principal encontrará, a nada que mire, una placa en la que se hace constar que se obró así por imperativo legal y no por gusto propio.

No es el único edificio en el que “gobierno de Bildu” y “ondear la bandera española” son compatibles. Sus compañeros de coalición del Ayuntamiento de Donostia/San Sebastián hacen lo propio, y no satisfechos con una, el pasado mes de abril izaron otra, republicana, pero igualmente española.

Ley de Banderas y sentimientos aparte, lo que llama la atención es la facilidad con la que algunos aplican y hacen suya esa otra ley: la del embudo, en la que el lado estrecho siempre es para los demás y el ancho para ellos.

También es de reseñar cómo esa capacidad tan largamente ejercitada de “ni ver, ni padecer” sigue viva en ellos. La misma que durante los últimos treinta y cinco años les ha permitido caminar ajenos al dolor de “los otros” y ahora les impide ver los tejados de los edificios que los albergan.

Que no hay peor ciego que quien no quiere ver es de sobra conocido, pero de ahí a que pretendan reírse de nuestra inteligencia hay un trecho… por muy Diputado General que sea el que lo intente.

MANIOBRAS CONTRA LA MEMORIA

En el momento en que escribo estas líneas, la primera línea informativa de la política vasca queda marcada por otros asuntos y, quizás por ello, las respuestas del Ministro español de Defensa a las preguntas de Iñaki Anasagasti en la sesión control del Senado han quedado en segundo plano.

En ellas se le solicitaba explicación acerca de las maniobras militares llevadas a cabo en Elgeta coincidiendo con el setenta y cinco aniversario de la caída del frente de los Intxortas y la toma de la localidad.

El señor Morenés, aparte de la consabida, y esperada, respuesta de que el Ejército está “en su pleno derecho y en su obligación” de realizar ejercicios militares dónde considere dentro de los actuales límites del Estado español, se atreve a dar clases de Historia y afirma que “si conocen la historia de Elgeta, deberían de haber reparado que sería imposible encontrar un solo día del año en el que no se haya combatido a lo largo de la historia”.

Sólo quien no comparte y no hace suyo el proceso de reconocimiento moral a las víctimas del golpe de estado de 1936 puede equiparar, por poner un ejemplo, el recuerdo de la guerra de la Convención a fines del siglo XVIII con los hechos que se conmemoraban el pasado 24 de abril.

Sólo, desde el desinterés por el sufrimiento que conllevó la batalla en sí y las décadas de mentiras y terror que le siguieron, puede permitirse semejante afirmación.

Según su aséptica teoría, determinadas localidades, que por su estratégica situación han sido escenario de incontables hechos de guerra, son susceptibles de ser marco de maniobras militares en cualquier momento del año. Siendo esto así, el Ejército español bien podría simular, por ejemplo, una acción aerotransportada en el Alcázar de Toledo coincidiendo con el aniversario de su asedio durante la Guerra Civil… pero todos sabemos que eso, afortunadamente, nunca ocurrirá.

No sucederá porque en determinados estamentos se siguen manteniendo posturas y realizando afirmaciones, que como esta, dejan translucir que las coartadas que el franquismo estableció para justificar y equiparar determinados hechos, siguen intactas; que siguen habiendo “efemérides” respetadas y respetables, incompatibles con conmemoraciones que no dejan de ser una marca molesta en el calendario de una historia cuyo relato creían haber dejado “atado y bien atado”.

 No sucederá, por que somos muchos más los que creemos que ni el sentido común ni la convivencia lo aconsejan.

Además, no sucederá porque no necesitamos de revanchismos ni de revisionismo histórico de nuevo cuño para reafirmarnos en la importancia de rememorar lo ocurrido y rendir homenaje a los que tanto debemos.

Si usted es ciudadano de la Comunidad Autónoma Vasca, próximamente recibirá en su buzón un folleto en el que, por si no se había dado cuenta, le van a explicar cuanto ha cambiado durante los tres últimos años la sociedad en la que vive.

Este buzoneo forma parte, al igual que otros actos de comunicación y marketing electoral a los que nos tiene acostumbrados el actual Gobierno Vasco, de una “campaña informativa” del PSE-EE.

El mero hecho de tener que hacer este “recordatorio” a escasos diez meses de las próximas elecciones es la mejor metáfora de un Gobierno Vasco que ha buscado en la Comunicación la base para solventar sus incontables ausencias.

La primera de todas, la falta de un programa compartido entre el partido en el Gobierno y quien lo sostiene, el Partido Popular. Más allá del diagnóstico de urgente intervención quirúrgica en el Departamento de Educación, EITB y Ertzaintza, no había más argumentos en una relación que, según sus protagonistas, se basaba en el sexo y no en el amor.

Implicados como estaban en proyectar la imagen de una Euskadi “normalizada”, en la que el mapa del tiempo empieza en Arcachon y acaba en Sos del Rey Católico, no supieron o no quisieron ver ni el verdadero alcance de la evolución que ya se estaba produciendo en el mundo de la izquierda abertzale, ni los, ya por entonces, primeros síntomas de la situación económica que se avecinaba y para la que, aparentemente, ambos tienen medidas antagónicas.

Durante los tres últimos años hemos contado con un Lehendakari presente en todas las portadas posibles y ausente en todos los momentos importantes de su mandato. Ni estuvo en el blindaje del Concierto Económico, ni cuando se produjo el anuncio del cese definitivo de las “acciones armadas” de ETA, ni ha estado ahora, tras los luctuosos acontecimientos de Bilbao.

Convertido ya en “Barón Rojo” de su propio partido y tras haber hecho buena aquella frase de Hollywood que afirmaba “si quieres triunfar, contrata un buen publicista”, ya se vislumbra el momento de ir dando cuenta de los logros que se arroga su Gobierno: la normalidad, el cese del terrorismo de ETA y la defensa de la Educación y la Sanidad.

Haciéndoles saber parte de la línea argumental de esta campaña no estropeo su interés por ella pues, como en todo buena obra de ciencia-ficción, la puesta en escena es tan importante como el contenido.

Una vez alcanzado el Gobierno y, a medida que pasan las citas electorales, las medidas económicas de Mariano Rajoy van tomando cuerpo. Hasta ahora, el recorte parece tener la contención del déficit como objetivo, pero que nadie descarte que los próximos recortes tengan como referente la recentralización del Estado español.

Este tipo de procesos siempre vienen precedidos de afirmaciones y opiniones con las que predisponer favorablemente respecto a la necesidad de las medidas a adoptar. Y en eso están, entre otros, el Sr. Peces-Barba.

El argumento fundamental consiste en afirmar que el actual sistema electoral beneficia a los partidos nacionalistas…ergo, urge cambiarlo.

Al realizar tal afirmación se oculta una realidad: que los resultados obtenidos por estos partidos se deben a su fuerte implantación en el territorio en el que se presentan, no a un sistema electoral creado para beneficiarlos.

Realmente, el sistema electoral establecido en la Constitución favorece a los partidos más votados, sean estos del signo que sean. De hecho, en las últimas elecciones, se produjo una sobre-representación del PP con respecto al número de votos que obtuvo.

La “culpa” de las desdichas de quienes no gustan de ver representadas en el hemiciclo de Madrid opciones políticas que detestan, nace en la decisión de optar por la provincia como base del sistema de varias circunscripciones electorales, sin tener en cuenta la diferencia de tamaño ni considerar la población como criterio para determinar cuántos escaños deben elegirse en cada provincia. La ley D´Hont hace el resto.

Es decir, hay tantas circunscripciones como provincias, incluidas Ceuta y Melilla y, a cada una de ellas, se les adjudica un número mínimo de diputados, nunca menor de 2, excepto en el caso de Ceuta y Melilla que tienen 1 cada una, de tal manera que de los 350 diputados a elegir, 102 están ya “adjudicados” a las provincias indistintamente de su población.

Si lo que se pretende es una mayor proporcionalidad que la actual, la opción pasaría por optar por una fórmula de atribución de escaños distinta a la Ley D´Hont, e, incluso, aumentar a 400 el número de diputados. Pero aún así, EAJ/PNV obtendría, con los resultados de las pasadas elecciones como referencia, un número muy similar de escaños en todos los casos, incluso, pudiera aumentar en un escaño su número.

Buen conocedor de esta realidad, Peces-Barba, aboga por la ampliación a 400 diputados, pero con un elemento clave para sus propósitos: que 50 de esos “nuevos” diputados se elijan en segunda vuelta y sólo en las 10 circunscripciones más pobladas.

Con esta vuelta de tuerca se conseguiría el que no oculta es su verdadero objetivo: “reducir la influencia de los nacionalistas”.

Es hora de recortes, afeitados y lijados, oficios para los que, allá en Madrid y como vimos en el caso del Estatuto catalán, siempre han contado con “buenos y prestos artesanos”

MÁS QUE COCHES

Nunca sabremos cómo sería hoy el mundo si Henry Ford hubiera hecho caso a su abogado. Este letrado le aconsejó no invertir en la producción de automóviles, puesto que, como medio de locomoción, ya existía el caballo.

De lo que no hay duda es que este sector, entonces una auténtica incógnita, ha marcado, para bien y para mal, parte del devenir del mundo occidental. Pero no son los coches como tales los que me atraen, sino el nivel de creatividad de sus anuncios televisivos.

He de reconocer que soy de los que nunca se levantan del sillón cuando emiten un “spot” publicitario que tenga a uno de ellos como objeto de venta. Es posible que nueve de cada diez médicos desaconsejen este hábito, pero nueve de cada diez “politólogos” deberían aconsejarlo vivamente.

Sin ningún tipo de estudio científico que lo avale, de la mera observación, se perciben desde hace unos años, tres elementos que se repiten en los escasos treinta segundos con que cuentan para ilusionarnos y convencernos.

Uno de ellos consiste en la tendencia, relativamente reciente, de sustituir los fríos datos por la incorporación de las sensaciones y los sentimientos. De cuántos centímetros cúbicos, caballos de potencia o cuánto se tarda en acelerar de cero a cien kilómetros, hemos pasado al “placer de conducir” o a las citas taoístas. Sabemos que el automóvil es el producto de la racionalidad y la ingeniería, pero le pedimos que logre conmovernos.

Otro de los aspectos que no deja de asombrar es su excepcional capacidad de captar los cambios producidos en la sociedad y su habilidad para adaptar la oferta a las nuevas necesidades que esa realidad ha creado. Sirvan como ejemplos el papel de la mujer, no sólo como conductora, sino como consumidora de vehículos concretos o los datos del consumo de CO2, impensables hace unas décadas.

Y junto a ellos, el elemento fundamental: su Marca.

La marca actúa como símbolo de confianza y garantía ante el espectador. Tras ella hay una visión clara de lo que se es y unos valores que la hacen identificable. Es la representación del saber hacer de quienes están detrás de todo un proceso que va desde el diseño, a la producción, venta y asistencia posterior.

Constituye, además, símbolo de la proyección de ese conocimiento a lo largo del tiempo. Desde el pasado hacia el futuro.

Desconozco qué caracterizaba la venta de caballos como medio de locomoción, pero seguro que no daba tanto juego para construir metáforas.

¿RIQUEZA O PROSPERIDAD?

La incapacidad para diferenciar entre ser “rico” y ser “próspero” puede ser una de las razones por la que los actuales regidores de la Diputación de Gipuzkoa o los del Ayuntamiento de Donostia/San Sebastián yerran, tanto en las soluciones como en su visión económica del Territorio y su capital.

Por “prosperidad” se entiende “buena suerte o éxito en lo que se emprende”, por “riqueza”: “abundancia de bienes y cosas preciosas”.

Desde ese punto de vista, Gipuzkoa ha gozado de periodos de prosperidad, pero no ha sido especialmente rica, no ha tenido ingentes recursos naturales, ni vastos terrenos de cultivo.

Lo que sí ha tenido es especial capacidad para aprovechar sus limitados recursos, su situación geográfica y voluntad de hacer de la necesidad, virtud.

La prosperidad de la que gozamos ha venido precedida, entre otras cosas, por lo que la misma definición contiene: el “éxito en lo que se emprende”.

Si no se es capaz de ver esta realidad histórica, difícilmente se podrán alumbrar ideas que mejoren o impulsen el Territorio.

Carentes de la riqueza que provee el contar con recursos naturales, nos hemos visto obligados a crearla y si no la creamos, difícilmente la podremos distribuir.

Y la riqueza crece con una observación económica precisa que sirva para determinar qué proyectos son estratégicos. Crece con la decisión de ponerlos en práctica. Crece con el convencimiento de que, como en la contra reloj por equipos, el bienestar de una sociedad no lo marcan los que más tienen.Crece cuando se es capaz de determinar cuáles son las empresas que sirven de tracción en nuestra economía y se les da apoyo. Crece cuando se entiende que emplear recursos en Investigación para las empresas y en Formación para las personas, no sólo no es una inversión, sino que se ha convertido en una necesidad.

Crece cuando aceptamos que quien compra nuestros productos lo hace por que somos competitivos. Crece cuando se entiende que para hacer llegar nuestros productos al exterior es preciso contar con importantes infraestructuras en permanente actualización.

Aumentar la presión fiscal a ciudadanos y empresas, ralentizar determinados proyectos… puede ser comprensible si responde a una situación concreta, muy puntual, de coyuntura; pero no resulta comprensible cuando responden a una visión más amplia y genérica.

Mantener la premisa de que la prosperidad que ha gozado Gipuzkoa en las últimas décadas se debe a haber sido una especie de País de Jauja, sin tener en cuenta el esfuerzo y la correcta utilización de las herramientas político-económicas existentes, es un error de salida que condiciona toda la carrera de obstáculos posterior.

Quien no quiere o puede aceptar la realidad en la que vive, tanto propia como la de su entorno, puede acabar dirigiendo un Gobierno Foral cuyo único proyecto estratégico sea la forma en la que recogemos la basura o al mando de un Gobierno Municipal que, en pleno siglo XXI, proyecta huertas públicas para fomentar la soberanía alimentaria de una ciudad que ronda los 200.000 habitantes.

CON LA BASURA POR BANDERA

Las sociedades occidentales tienen en la gestión de los residuos que generan, un importante caballo de batalla. En el caso de Europa, este es uno de los problemas a gestionar por los diferentes estamentos afectados. En Gipuzkoa, la gestión de los residuos es “EL” problema.

Que nadie piense que considero esta cuestión baladí, pero una cosa es gestionar una materia importante y sensible; otra, convertirla en un problema; y otra muy distinta elevarla a “el único problema”. Con sus repetidas acciones y afirmaciones, la actual Diputación, con su Diputado General a la cabeza, ha conseguido las dos últimas.

Más allá de entrar en el debate de la gestión de los residuos urbanos, materia en la que a este paso los guipuzcoanos llegaremos a alcanzar el mayor grado de conocimiento per cápita del mundo, hay aspectos que dan que pensar… y mucho.

El primero tiene que ver con la forma en la que los actuales regidores de la Diputación están manejando esta cuestión. Para hacerse una idea del despropósito en el que se están adentrando, baste con constatar que, deliberadamente o no, han conseguido que, estando inmersos en una de las mayores crisis económicas de las últimas décadas, esta realidad quede relegada a un segundo plano. Eso sí, las consecuencias de todo ello las pagaremos a escote.

Pero esto, que en sí mismo sería motivo de alarma, no es lo más grave. Peor aún es la sensación de que en esta materia estamos oyendo una canción cuya melodía nos suena a mil veces escuchada.

Porque el trasfondo de todo esto no es otro que la necesidad histórica, que algunos han tenido, de convertir cualquier tema susceptible de debate en una bandera.

De esa forma se aseguraban poder contar con un mástil en el que asir a los suyos y con el que, de paso, arremeter contra todos los demás.

Porque, más allá de otros aspectos, que repito son muy importantes, uno tiene la sensación de que, en la basura, han encontrado su nueva Bandera, su nueva Verdad Absoluta, su nuevo Fin que justifica todos los medios. Una nueva Causa para significarse del resto y, de paso, distraer la atención de temas de más calado para su propia parroquia.

Fuera de los muros del fortín que protege su nueva enseña nos sitúan al resto; a los que, según su opinión, disfrutamos revolcándonos en los detritus al igual que antes gozábamos retozando en el cemento.

Ya conocemos el estribillo que viene detrás: ante cualquier dato científico, jurídico, económico, medioambiental o de cualquier otro tipo que pueda surgir; ante eso, prietas las filas, impasible el ademán y a rebatirlas todas. Desde el primero al último; desde quien siempre se preocupó por estas cosas, como por el que hasta ayer ni distinguía el color de los contenedores.

Le van a cambiar el título, pero la versión más cercana que me viene a la cabeza de esta nueva canción es la de “Pongamos que hablo de la autovía de Leitzaran”.

Esto es lo que sucede cuando no se reciclan las mentalidades: que en el “compost” resultante sólo encuentras viejas fórmulas de hacer política para tiempos que pretenden ser nuevos.

Y contra eso, desgraciadamente, no hay puerta a puerta que valga.

¿SANDINISTAS EN SUECIA?

La última semana Gipuzkoa nos ha ofrecido imágenes reveladoras. Entre ellas, la del Diputado General del Territorio manifestándose en contra de las “grandes infraestructuras”. Y es sorprendente porque un territorio como el guipuzcoano, con una renta per cápita a la cabeza del Estado español y muy bien posicionado respecto a la media europea, con una redistribución de la riqueza que ha permitido que las diferencias sociales se hayan estrechado en las últimas décadas dando lugar a una sociedad más igualitaria, puede situarse, por derecho propio, más cerca del modelo de sociedad de la Europa del Norte que al del de Sur, al que, geográficamente, pertenece.

Esto, que en sí sorprendería a alguien que no conociera nuestra realidad, no es lo más llamativo de nuestro territorio.

Más sorprendente es el hecho de que una parte muy importante de su población apoye opciones político-sociales que les sitúan, no a la izquierda del sistema que ha permitido esa situación, sino, directamente, fuera y frente a él.

En Gipuzkoa tenemos el ejemplo de cómo se puede vivir dentro de un modo de vida e ingresos de burguesía europea, con posturas políticas- sociales más propias de países marcados por la injusticia política y social; dicho de otro modo, cómo, con una aparente postura antisistema, se puede gozar de todos y cada uno de los beneficios que ese sistema ha generado.

La primera respuesta al por qué esto es así, pudiera tener que ver con una primera negación: el sistema que se dice atacar, “neoliberal y capitalista”, no es exactamente el que ha funcionado en nuestro herrialde. Nuestra estructura económica, sobre todo industrial y de servicios, nada tiene que ver con gigantescas compañías sin cara ni ojos, sino con pequeñas y medianas empresas (muchas de las cuales todavía tienen en su rótulo el apellido de quienes la fundaron no hace tanto tiempo) y de empresas cooperativas. Además, al concepto de “desarrollo económico” se ha unido el de su reversión en el conjunto de la sociedad.

La segunda, tiene que ver con una opción personal: disociar, la forma en la que se vive, de la forma en la que se piensa. Construir dos espacios estancos, en uno colocar nuestra forma de vida y en el otro nuestra ideología; en román paladino, vivir como un burgués, pensar como un revolucionario.

Estas tres claves: diferenciar en cómo se piensa, cómo se vive y el porqué de cómo hemos llegado a esos niveles de vida, explicarían en parte y sólo en parte, la evidente radicalización política de la burguesía guipuzcoana, por que, aunque no les guste, por ingresos y calidad de vida ese es al grupo social al que pertenecen.

Por último, un pequeño apunte para quien se sienta tentado de confundir las churras con las merinas: el hecho de que alguno de nuestros progenitores, como es el caso de mi madre y abuelos, tuviera que empezar a trabajar a los 10 y 7 años respectivamente, demuestra una realidad intolerable, pero no nos convierte a sus herederos en “miembros de la clase obrera”. Más bien nos debería hacer pensar cómo, gracias al esfuerzo de muchos y a la utilización de herramientas políticas y económicas con criterios basados en las personas, hemos llegado a una situación que, ojalá, puedan heredar nuestros hijos.

Nube de etiquetas

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.